OSVALDO CÁCERES GONZÁLEZ, 100 AÑOS:
El arquitecto que permanece en la memoria de Los Ángeles

Los libros son lo primero que llama la atención al entrar al departamento donde vivió y mantuvo su oficina-taller Osvaldo Cáceres González. Están por todas partes, ocupando estanterías y compartiendo espacio con fotografías, pinturas, dibujos y objetos que transmiten su pasión por la arquitectura, la cultura y su curiosidad infinita. El lugar es sencillo y está ubicado en pleno centro de Los Ángeles, frente al Teatro Municipal y a un costado del estero Quilque, aunque las construcciones del entorno impiden verlo desde la ventana.
Aquí vivió Cáceres durante sus últimos años y mantuvo también su estudio. Hoy es Ivonne Díaz, su viuda, quien conserva este hogar y abre sus puertas para recorrer algunos de los objetos que permanecieron después de su muerte, ocurrida el 16 de febrero de 2022.

Sobre una mesa aparecen álbumes con fotografías que atraviesan distintas épocas de su vida, desde antiguas imágenes en sepia hasta fotografías en blanco y negro y color. También están sus dibujos, libros y algunos de los aproximadamente 300 cuadernos con anotaciones que dejó, todos numerados.
En esas páginas aparecen bocetos, proyectos, pensamientos, poemas, cuentas, sumas y restas. En medio de un dibujo está el registro de un dinero prestado, sin especificar el nombre del deudor. Ivonne sonríe al recordarlo y explica que “él era así, trabajaba, ayudaba y, si alguien no le pagaba, no se hacía problema”.
En una especie de agenda artesanal hay fotografías pegadas, monedas, postales, reproducciones de obras de arte, papeles de dulces y servilletas con el nombre de algún restaurante. Pequeños objetos que también permiten acercarse a la sensibilidad del hombre detrás del arquitecto.

“Yo creo que él siempre fue arquitecto en todo momento. Podía estar en su estudio, viajando, conversando con amigos o simplemente en casa y la arquitectura seguía presente”, comenta Ivonne.
Osvaldo Cáceres González nació en Santiago el 19 de septiembre de 1926, “muy patriota”, dice su viuda, aunque “no sabía bailar cueca”, agrega con gracia. Estudió Arquitectura en la Universidad de Chile y se tituló en 1951. Posteriormente obtuvo una beca que le permitió permanecer cerca de tres años en Europa, principalmente en París, donde profundizó sus estudios de urbanismo y tuvo contacto con algunos de los principales referentes de la arquitectura moderna.
Su trayectoria profesional y académica lo llevó por Santiago y Concepción. En esta última ciudad, durante la década de 1960, fue coautor de la Casa del Arte de la Universidad de Concepción y cofundador de la Escuela de Arquitectura de la Universidad Técnica del Estado, actual Universidad del Bío-Bío. Posteriormente asumió como director regional de la Corporación de Mejoramiento Urbano (CORMU), durante el gobierno de la Unidad Popular.
A Los Ángeles llegó en 1975, después de una etapa particularmente compleja de su vida. Tras el golpe de Estado fue detenido, torturado y privado de libertad durante más de siete meses, período en el que comenzó a escribir su libro “La arquitectura de Chile independiente”. Según relata en sus propios documentos, la detención se debió a su ideología política y a su rol directivo en la CORMU. Una vez liberado, su colega Ronald Ramm, quien había sido alumno suyo, le ofreció trabajar en su oficina.
Cáceres comenzó viajando entre Concepción y Los Ángeles, hasta que el trabajo y los proyectos terminaron instalándolo definitivamente en la ciudad. Uno de ellos fue el edificio consistorial, cuyo proyecto quedó a su cargo después de que Ramm se lo propusiera al entonces alcalde Mario Ríos Santander.
Para Ivonne, esa llegada explica solo una parte de la historia. El trabajo fue el motivo inicial, pero no necesariamente la razón por la que decidió quedarse durante más de cuatro décadas.
Y es que el destacado profesional se integró rápidamente a la vida cultural de la ciudad, vinculándose con artistas y jóvenes que participaban en distintas iniciativas, poniendo a disposición de ellos los conocimientos que había adquirido durante sus años de formación y trabajo.

Participó en actividades teatrales y realizó escenografías, se relacionó con pintores y poetas, organizó exposiciones y gestionó la llegada de artistas y escritores de otras ciudades. Ivonne recuerda, entre otros, a Mario Valenzuela, Mario Sánchez y Abel Sandoval, además de las gestiones para traer a Los Ángeles al dramaturgo Juan Radrigán, en los años ‘80.
“Él era lo menos egoísta que podía ser con sus conocimientos. Quien viniera recibía toda la información. Podían ser colegas, alumnos, profesores, lo que fuera. Él estaba llano a entregar”, acota su mujer.
Su interés por la cultura estaba muy ligado a su preocupación por la ciudad. Cáceres observaba Los Ángeles, opinaba sobre sus transformaciones y era especialmente crítico cuando consideraba que una intervención afectaba su arquitectura o patrimonio. Esos pensamientos también los plasmaba como colaborador habitual en columnas de opinión del diario local La Tribuna.
“Era muy preocupado de la belleza. Pero no desde lo bonito”, explica Ivonne. Para él, se trataba de una ciudad limpia, ordenada y con edificios bien planteados, donde las construcciones con valor histórico pudieran conservarse.
Esas inquietudes las tradujo en acciones concretas. Junto al médico Wladimir Sánchez participó en las gestiones para reunir antecedentes y defender la antigua capilla del Hospital San Sebastián, que fue declarada Monumento Histórico en 1989.
Su compromiso patrimonial se extendió a otras iniciativas y a la defensa de edificios y espacios significativos de la ciudad. A nivel nacional, su trayectoria también fue reconocida en varias ocasiones, como en 2015 cuando recibió la Medalla Claude François Brunet de Baines de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad de Chile y, en 2018, el Premio Manuel Moreno Guerrero del Colegio de Arquitectos de Chile por su aporte al patrimonio arquitectónico del país.
El reconocimiento que falta en Los Ángeles
Ivonne y Osvaldo se conocieron en 1999, en medio de actividades culturales. Él tenía entonces 72 años y ella era varias décadas menor. Primero fueron amigos y al año siguiente comenzaron una relación que se prolongó durante 22 años, hasta su muerte. Cáceres había tenido dos matrimonios anteriores y era padre de cinco hijos.

“A mí siempre me atraía la gente inteligente”, cuenta ella. La conversación, la cultura y la posibilidad de compartir intereses fueron acercándolos y con el tiempo se involucró completamente en su mundo, acompañándolo en viajes, proyectos, encuentros y actividades, hasta convertirse también en una guardiana de su trabajo y sus documentos. Pero aclara, “Yo no estaba detrás. Yo estaba al lado de este gran hombre”.
Al enviudar, Ivonne tuvo que decidir qué hacer con los libros, planos, fotografías, documentos, cartas, manuscritos y cientos de cuadernos acumulados durante décadas.
Parte importante de ese material fue entregado a la Universidad de Chile, donde hoy permanece bajo resguardo. Entre los documentos están cartas manuscritas que Cáceres redactó durante su detención y materiales relacionados con sus obras. También entregó valiosos libros antiguos de arquitectura, los que serán conservados y, en parte, digitalizados.
Actualmente, el material puede ser consultado por investigadores e Ivonne conserva los listados de las cajas y sabe dónde está cada parte de la colección. “Quedé conforme al final porque le entregué a una institución que se va a preocupar”, recalca.
Sin embargo, siente que todavía hay algo pendiente. Considera que la trayectoria de su marido tuvo reconocimientos profesionales importantes, pero cree que en Los Ángeles todavía existe espacio para mantener su nombre vinculado de manera permanente a la cultura y al patrimonio.
Piensa en una sala o un auditorio en el Centro Cultural Municipal. “A lo mejor un espacio dentro del edificio podría llevar su nombre”, plantea. “Durante décadas, Osvaldo abrió espacios para otros, acercó artistas, promovió actividades culturales y participó en la defensa de edificios que consideraba parte de la historia de la ciudad, entre ellos el antiguo Liceo de Hombres”.
La propuesta queda planteada en el año en que se cumple un siglo de su nacimiento, cuando la ciudad vuelve a mirar la trayectoria de un arquitecto que hizo de Los Ángeles su casa y que entendió su profesión como algo mucho más amplio que proyectar edificios.
El estero Quilque corre a pocos metros del departamento donde vivió sus últimos años y fue justamente allí donde Osvaldo Cáceres González quiso que fueran arrojadas sus cenizas.

