Por los científicos Hipólito Ruiz y José Pavón
EXPEDICIÓN BOTÁNICA AL BIOBÍO EN EL SIGLO XVIII
Por Luis Garretón Munita

A fines del siglo XVIII, la Corona española impulsó una de las expediciones científicas más ambiciosas realizadas en América. Se trató de la expedición botánica encabezada por Hipólito Ruiz López y José Antonio Pavón, acompañados por el médico y naturalista francés Joseph Dombey, y los dibujantes Isidoro Gálvez y José Brunete. La misión, organizada por orden de Carlos III en 1777, buscaba catalogar la flora del virreinato del Perú y Chile, identificar especies útiles para la medicina y la economía, junto con levantar información científica de territorios que aún eran poco conocidos para Europa.
Resultado, fue el diario de la expedición llamado Florae Peruvianae, et Chilensis, Prodromus, de 1794, editado como extracto, en 1931, como Relación del viaje hecho a los reynos del Perú y Chile. El testimonio revela con notable detalle cómo estos viajeros observaron el paisaje, las costumbres y las actividades productivas de las provincias que recorrieron. En especial, los capítulos llamados “Viaje a la provincia de Rere y fuerte de Nacimiento”, y “Descripción de la provincia de Rere”, dejaron un interesante testimonio de cómo se componía el territorio fronterizo del Biobío de fines del período colonial.
Luego de su paso por Perú, la expedición llegó a Talcahuano en 1781, y siguió la ruta de Concepción hacia el interior, atravesando Hualqui, Rere y Nacimiento. Las observaciones que realizaron resultan hoy particularmente valiosas porque describen la naturaleza, la vida económica y social de esta parte de la región.

Ruiz y Pavón registraron cultivos, haciendas, caminos, bosques, fuertes militares y actividades productivas. Entre los aspectos que más llamaron su atención, estuvo la explotación aurífera de la zona. Los lavaderos de oro que aún se mantenían en distintos sectores cercanos a ríos y esteros de la provincia de Rere, aunque lejos ya del esplendor que habían tenido en la época de la conquista. En su condición de extranjeros, y al escribir formados en la ciencia ilustrada europea, estuvieron atentos a cada detalle, la fertilidad de los campos, la abundancia de maderas y plantas medicinales, la organización de las haciendas y las dinámicas militares fronterizas, incluso aspectos cotidianos como las comidas, las faenas agrícolas, métodos de transporte o las enfermedades frecuentes. Todo adquiere importancia documental, porque junto a otros registros, permiten reconstruir la vida fronteriza hacia fines del siglo XVIII.
La expedición dejó también una huella en la nomenclatura científica mundial. Pavón fue uno de los primeros naturalistas en difundir en Europa la araucaria chilena, denominada por él como Araucaria imbricata, aunque con el tiempo prevalecería el nombre Araucaria araucana, dada por el sacerdote naturalista e historiador chileno Ignacio Molina. Por su parte, el coigüe, uno de los árboles más representativos de nuestro país, recibió el nombre científico de Nothofagus dombeyi, en homenaje a Dombey.
Más de dos siglos después, esta descripción de nuestra tierra sigue siendo fuente fundamental para comprender cómo era el sur de Chile en tiempos coloniales. Gracias a Ruiz y Pavón, es posible reconstruir antiguas realidades y paisajes desaparecidos, registrados por este grupo de científicos europeos que, mientras buscaban plantas para la ciencia, terminaron dejando uno de los testimonios más interesantes sobre la antigua frontera del Biobío.
