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Testimonio

ELEGÍ NO SER MAMÁ

Una profesional de la salud comparte cómo la decisión de no tener hijos no fue una renuncia, sino una convicción que se fue afianzando con el tiempo.

Por Carolina, 43 años.

Nunca tuve ese momento en que una sabe o siente con claridad que quiere ser mamá. No es que lo haya rechazado, ni que me molestara la idea, simplemente no estaba dentro de mis pensamientos.

Estudié Medicina y eso se transformó en mi vida. No solo por la carrera en sí, sino por todo lo que viene después, como la especialidad, los turnos, en fin, las presiones propias del trabajo, que hacen entrar en una dinámica donde siempre hay algo más urgente que pensar en el largo plazo.

En esos años tuve un par de relaciones importantes, con viajes, con planes, con cariño. Pero también muy marcadas por lo mismo que vivía yo. Cada uno estaba concentrado en lo suyo. Crecer, avanzar, no perder oportunidades. Y en ese contexto, el tema de los hijos nunca apareció como algo urgente, ni necesario, ni siquiera como una conversación recurrente.

Después estuve varios años sola. Y no lo viví como un problema, al contrario, fue una etapa bien tranquila, donde me aboqué a trabajar, aunque también me daba tiempo para disfrutar con mis amistades, a hacer deporte, leer; en definitiva, a hacer lo que me gustaba, y no sentía que me faltara algo.

A los 36 apareció quien hoy es mi marido, y fue un flechazo absoluto; tanto así que en menos de un año estábamos casándonos, solos, en una playa del Caribe. Sin familia, sin ceremonia grande, sin mayor parafernalia. Solo nosotros dos, tomando una decisión que hasta ahora, estoy convencida de que fue la correcta.

El tema de los hijos apareció justo después de eso. Pero no entre nosotros. Empezó con comentarios típicos, de esos que uno escucha casi sin procesarlos. “Que disfruten ahora, que después cambia todo”, “cuando llegue la guagüita…” Y una se ríe, se hace la loca y sigue la conversación.

Pero con el tiempo, las preguntas se vuelven más directas. Más insistentes. Y ahí inevitablemente abordamos el tema en pareja. Sin tensión, sin que fuera un tema pendiente, le pregunté si le gustaría que tuviéramos hijos. Se quedó pensando un rato, pero creo que no era duda, sino más bien ordenar la idea.

Me dijo algo bien simple. Que nunca lo había sentido como algo que necesitara en su vida, que si yo quería, lo podíamos pensar, pero que si no, también estaba bien.

Recuerdo perfectamente lo que sentí en ese momento. Fue un alivio enorme, porque nunca había tenido ese impulso, nunca me había proyectado con hijos y cada vez que lo pensaba en serio, alejaba rápidamente de mi mente esa idea; no me calzaba, no me veía como madre.

Y aun así, durante un tiempo dudé. No porque quisiera ser mamá, sino porque me preguntaba si estaba dejando pasar algo importante o si más adelante iba a sentir que me faltó vivir esa parte.

Pero el tiempo fue pasando y esa duda no creció, muy por el contrario, se fue ordenando sola. Volvimos a hablarlo después, más tranquilos, sin presión externa, y elegí no ser mamá.

Nuestra vida tenía una forma que nos acomodaba. Disfrutábamos nuestros trabajos, viajábamos cuando podíamos, salíamos sin tener que organizarnos más que entre los dos, y volvíamos a una casa ordenada y en silencio.

Y ese silencio nunca ha sido incómodo ni vacío, como he escuchado tantas veces por ahí, porque la calma es algo que valoro mucho.

A mis 43 años, siento que fui dejando que la vida tomara su curso sin forzarla hacia un lugar que no era tan mío. Sigo escuchando comentarios, aunque menos, como “que todavía podría…”, “que una nunca sabe…”, “que quizás más adelante…” y no me inmuto, tengo tan clara la decisión que tomé, que no me genera enojo ni molestia lo que me comenten. Tampoco me esfuerzo en dar explicaciones.

Porque entendí que no todas las vidas tienen que verse igual, y que no todas las decisiones vienen desde la falta, sino desde saber qué es lo que te hace sentido, y en mi caso, eso nunca incluyó ser mamá.