EL “CURA REBOLLEDO”
Y su rol en el progreso de Los Ángeles
Por Luis Garretón Munita

La historia de Los Ángeles no puede comprenderse cabalmente sin detenerse en la figura de uno de sus principales benefactores en el siglo XIX: el presbítero Marcos Rebolledo. Nacido en 1820, hijo de don Gregorio Rebolledo y de doña Josefa Novoa, Rebolledo fue en su tiempo uno de los hombres de mayor fortuna e influencia en Los Ángeles. Conocido popularmente como el “cura Rebolledo”, su nombre estuvo estrechamente ligado a obras de caridad y al desarrollo de la comuna, aunque también asociado a la compra y venta de tierras fronterizas, debido a que aparte de su labor religiosa, era comerciante y prestamista, oficio con el que llegó a tener más de 3 mil hectáreas de tierras, entre Los Ángeles, Negrete, Mulchén y Nacimiento.
Rebolledo falleció en su casa ubicada en calle Valdivia, el 5 de abril de 1885, a los 65 años de edad. Días antes había otorgado testamento, dejando por sus únicos y universales herederos a su hermana Brígida y su sobrino Simón Rebolledo. Por otra parte, dejó establecidos importantes legados; en primer lugar, al hospital que entonces llevaba el nombre de San Sebastián. En ese documento dispuso tres aportes significativos: cuatro mil pesos sin destino específico, mil pesos para la fundación de una sala de maternidad y tres mil pesos destinados a un centro de aislamiento sanitario, en una época marcada por la amenaza constante de enfermedades epidémicas.
Y su compromiso con la ciudad fue más allá del ámbito de la salud. Rebolledo ejerció como regidor (concejal) del municipio angelino en diversos períodos, y esa experiencia quedó plasmada en su última voluntad. En la cláusula duodécima de su testamento, dejó en manos de su albacea, el juez Luis Vial Ugarte, la suma de veinticinco mil pesos, para que sean destinados a los adelantos de la ciudad, muy especialmente, al ornato de algún paseo público. Con esos recursos la Municipalidad de Los Ángeles remodeló la plaza de Armas, recibiendo en 1886 del propio juez Vial las estatuas llamadas “las cuatro estaciones”, compradas en Santiago. Sumado a eso, la instalación del odeón y otras mejoras a principios del siglo XX. Asimismo, en la cláusula décimo séptima legó al municipio la cantidad de seis mil pesos para la construcción de una escuela que debía llevar su nombre, reafirmando su interés por contribuir a la educación y al progreso, la que nunca se construyó.

La lectura de parte de su testamento deja entrever más que filantropía, es un claro anhelo de permanencia. El propio cura señaló que realizaba sus legados “en recuerdo del pueblo en que he vivido y para que se conserve en él mi memoria”. Sin embargo, ese deseo se vio frustrado con el paso del tiempo, porque su nombre se fue desvaneciendo con los años.

Así, Marcos Rebolledo terminó por desaparecer del paisaje urbano y simbólico de Los Ángeles, pese a haber sido uno de los más generosos benefactores de la ciudad. Su historia invita hoy a reflexionar sobre la memoria local y sobre el destino de aquellos legados que, pensados para perdurar, se diluyen entre el olvido, el desconocimiento y la desidia.
