SER PADRE
El partido más importante de Diego Ruiz
Por Soledad Durán B.
Fotografías: Vía Producciones y Cedidas por la Familia Ruiz Teirlink.

En una soleada tarde de otoño, Diego Ruiz abre las puertas de su hogar en Los Ángeles. Las camisetas enmarcadas que decoran las paredes de su quincho recuerdan una carrera que lo llevó por distintos países y clubes, mientras que en el patio de la parcela una pequeña cancha de fútbol deja en evidencia que la pasión por este deporte sigue siendo parte de la vida cotidiana.
La conversación transcurre en un ambiente familiar y acogedor. Su esposa, Femke Teirlink, participa constantemente aportando recuerdos y ayudando a reconstruir una historia que ambos han recorrido juntos durante más de dos décadas. También están presentes Milo (14) e Ilay (5), los hijos menores de la familia, quienes escuchan atentos y se suman espontáneamente a algunos momentos de la entrevista. El único ausente es Luca (16), el mayor, quien esa tarde se encuentra en Concepción, donde vive junto a su hermano Milo integrando las divisiones juveniles de Huachipato.
El fútbol ha marcado prácticamente toda la vida de Diego. Nacido en Argentina, inició una carrera profesional que lo llevó por Bélgica, Rumania, Turquía, Azerbaiyán y Chile. Conoció distintas culturas, aprendió a adaptarse a nuevos entornos y vivió momentos que cualquier futbolista soñaría experimentar, entre ellos disputar la Champions League durante su paso por Europa.
Sin embargo, cuando se le pregunta por el partido más importante de su vida, la respuesta no está relacionada con un estadio lleno, una final o un campeonato.

“Para mí ser padre es lo máximo que me puede haber dado la vida”, afirma con convicción. “Al margen de haber jugado muchos partidos o haber sido una persona conocida en el ambiente futbolístico, que mis hijos me entreguen el amor que a mí me dan, para mí eso es lo máximo. No hay otra cosa más linda y más llenadora que el abrazo de un hijo”.
Junto a los goles y los viajes también fue construyendo una familia. En Bélgica conoció a Femke, ingeniera agrónoma, con quien inició una relación que sobrevivió durante cuatro años a la distancia. Más tarde comenzaron a compartir una vida que los llevó a recorrer distintos países siguiendo el camino que iba trazando la carrera deportiva de Diego.
Primero nació Luca en Rumania, luego llegó Milo en Antofagasta y finalmente Ilay en Los Ángeles. Tres hijos nacidos en distintos lugares, pero unidos por una misma pasión que fue creciendo de manera natural. “El fútbol fue todo para mí. Yo a ellos nunca les transmití eso. Ellos fueron siguiendo mi carrera. Luca más que Milo, porque tiene un poquito más de noción de cuando yo jugaba. Yo siempre jugué con ellos a la pelota, compartí con ellos y al final, inconscientemente, fueron adquiriendo la pasión por la pelota”, comenta.
En Chile defendió las camisetas de Cobresal, Huachipato, Deportes Antofagasta, Universidad de Concepción, Everton e Iberia. Fue precisamente en Los Ángeles donde encontró la estabilidad que durante años había sido difícil de conseguir.
Cuando llegó a Iberia en 2015 no imaginaba que la ciudad terminaría convirtiéndose en su hogar definitivo. Aquí disputó los últimos años de su carrera profesional y aquí también comenzó a construir el proyecto de vida familiar que hoy disfruta.
La tranquilidad de la ciudad, la posibilidad de vivir rodeados de naturaleza y una oportunidad laboral para Femke terminaron convenciéndolos que este era el lugar. “Nos gustó la ciudad porque es tranquila para vivir, para criar una familia. Hay mucha vida familiar. Nosotros no somos mucho de malls ni de ciudad. Nos gusta más la naturaleza. Además, en Iberia la gente me quiso mucho y eso también hizo que la balanza se inclinara para quedarnos acá”.
Tras su retiro profesional decidió iniciar una nueva etapa ligada a la formación de niños y jóvenes a través de la escuela de fútbol Ruiz y Guidi. Al mismo tiempo, comenzó a observar cómo sus propios hijos daban sus primeros pasos en el deporte.
Actualmente, Luca y Milo viven gran parte de la semana en Concepción, entrenando y defendiendo los colores del club acerero. Una experiencia que exige sacrificios, disciplina y madurez a una edad temprana.

Para Diego, verlos seguir ese camino genera una mezcla de orgullo y responsabilidad, porque conoce perfectamente las exigencias del fútbol profesional y sabe que el talento por sí solo no garantiza el éxito.
“La verdad que me gusta la idea de que ellos lleguen algún día a ser futbolistas profesionales. Pero a su vez también tengo que saber que va a ser algo duro, porque el fútbol es algo muy exigente. Hay mucha injusticia. Primero que ellos aprendan a convivir con esas injusticias que hay en la vida, que sepan manejarlas y canalizarlas, porque al final son cosas que pasan y hay que seguir adelante”.
Aunque podría parecer natural que los hijos de un futbolista sigan el mismo camino, Diego insiste en que la decisión siempre ha sido de ellos. “Los chicos saben que tienen la libertad de elegir y están donde están porque quieren. Lo que yo siempre les transmito es que las cosas que hagan, las hagan con pasión y dedicación”.

Esa manera de entender la paternidad, cuenta, tiene mucho que ver con la relación que él mismo tuvo con su padre. “Mi papá siempre fue un pilar fundamental para mí, siempre me acompañó a todos lados. Yo nunca escuché a mi papá gritarme desde afuera de la cancha. Después conversábamos, pero él me dejaba jugar y disfrutar”.
Hoy intenta replicar esa misma enseñanza. Siempre que puede viaja para acompañar a sus hijos en sus partidos. Los observa desde la tribuna, los apoya y luego conversan sobre el juego, pero sin presiones innecesarias.
“Yo voy a la cancha a mirar y a disfrutar del partido. Nunca voy a estar gritándole a mis hijos ni a ningún compañero. Los chicos adentro tienen que tomar las decisiones. Después, si hay que corregir algo, se conversa”.
Más que los resultados, los goles o las categorías en las que jueguen, considera mucho más importante que aprendan a comprometerse con aquello que elijan hacer. “Quisiera que cuando tengan mi edad puedan mirar hacia atrás y decir que lo dieron todo. Que las cosas hayan salido bien o mal, pero que lo dieron todo” explica.
Tal vez ese sea el verdadero legado que Diego Ruiz busca transmitir. No una posición dentro de la cancha, una camiseta determinada o una carrera profesional, más bien una forma de enfrentar la vida con esfuerzo, pasión, compromiso y humildad.
Los mismos valores que heredó de su padre, esos que marcan para siempre y que hoy intenta sembrar en sus hijos y en cada niño que llega a entrenar a su escuela.

