Una Revista Con Identidad Local

Recorriendo Nuestra Historia

VIÑAS FRONTERIZAS

Legado y tradición vitivinícola del Biobío

Desde tiempos coloniales, las viñas fueron parte del paisaje y la vida en la frontera sur. Esta es parte de la historia de cómo el vino echó raíces en la provincia de Biobío.

Por Luis Garretón Munita

Los orígenes de la viticultura en la cuenca del Biobío se remontan al siglo XVI, durante la conquista española, cuando los expedicionarios introdujeron las primeras viñas. Las características del suelo, junto al clima mediterráneo, facilitaron la rápida adaptación de las plantas, que pronto destacaron por su resistencia y productividad.

A fines de ese siglo, la producción de vino se vinculó estrechamente con la llegada de los sacerdotes jesuitas y su misión evangelizadora. Requerían de esta bebida principalmente para las ceremonias religiosas, pero también la destinaban al consumo propio y, en menor medida, a la comercialización.

En los primeros años del período colonial, las viñas se establecieron en las misiones del secano interior de la cordillera de la Costa —Talcamávida, San Cristóbal y Santa Fe—, las que estaban emplazadas junto a fuertes militares y reducciones indígenas.

En el siglo XVII, los jesuitas siguieron desempeñando un importante rol en la producción vitivinícola tanto en el valle del Biobío como en el de Itata. Adquirieron haciendas, establecieron viñedos, construyeron bodegas y, mediante procesos artesanales, abastecieron la creciente demanda de la población, generando un impacto significativo en la economía y en la vida fronteriza.

Aunque la producción era a pequeña escala, el vino formó parte esencial de la dieta tanto de soldados como de indígenas de la zona. A mediados del siglo XVII, la diversificación de la tenencia de la tierra mediante títulos de merced permitió que nuevas familias colonizadoras no sólo criaran ganado, sino que también plantaran viñas; como por ejemplo Tomás Sotomayor, quien en su estancia de Pinihue en Rere, en 1688 ya poseía tres viñas con 56 mil plantas.

Las propiedades rurales surgidas por la colonización en la frontera fomentaron la producción de vino entre familias hacendadas. Con mayor o menor superficie plantada, las viñas se distribuyeron por la Isla de la Laja y sus alrededores, especialmente en zonas como Rere, Yumbel, Santa Fe y Los Ángeles, convirtiéndose en parte fundamental del patrimonio de las familias que, generación tras generación, impulsaron la economía local durante los siglos XVIII y XIX.

A principios del siglo XIX, ejemplo a destacar fue el interés agrícola que tuvo nuestro ilustre vecino Bernardo O’Higgins, quien conforme al inventario de su hacienda Las Canteras de 1810, afirmó tener una producción entre viñas y frutales de 85 mil plantas. Sobre la calidad del vino que producía el prócer, le contaba en postdata a su madre desde Canteras en 1812 lo siguiente: “Aquí me estoy regalando con el mosto que está muy particular, solamente con haberlo visto pudiera haber creído fuese de Canteras”.

Hoy, el potencial enológico de la provincia de Biobío es incuestionable. Representa un patrimonio cultural y natural que merece ser reconocido y proyectado a nivel nacional e internacional. Revalorar la tradición vitivinícola de los valles del Biobío y del Laja —la antigua Isla de la Laja— es fomentar el desarrollo económico con identidad, donde la historia y el futuro se entrelacen en cada copa.